Me acuerdo de Sofia

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Me acuerdo (Je me souviens, 1978) es un libro del escritor Georges Perec (1936-1982) en el que completa una lista de cuatrocientos ochenta recuerdos cortos.

I remember. Je me souviens. Me acuerdo.

Contiene una breve nota en la que el autor explica que tanto el título como la forma y el espíritu del libro se inspiran en I remember, la primera obra del escritor Joe Brainard (1942-1994). Je me souviens está dedicada al escritor Harry Mathews (1930-2017) quien, como Perec, fue miembro del grupo  de experimentación literaria OuLiPo, y fue quien le regaló una copia de I remember.

La matemática Michèle Audin (1954) –colaboradora de Mujeres con ciencia– también es miembro de OuLiPo. En 2008 escribió la magnífica biografía Souvenirs sur Sofia Kovalevskaya (Calvage et Mounet) traducida posteriormente a inglés en Remembering Sofya Kovalevskaya (Springer, 2011).

Esta completa semblanza de Sofia Kovalevskaya (1850-1891) contiene un capítulo, el penúltimo, titulado Je me souviens de Sophie –Me acuerdo de Sofia– en el que, a través de cartas y otros escritos, Michèle Audin recupera la biografía de la matemática rusa por medio de la mirada de otras personas. Y, por supuesto, se inspira en Me acuerdo de Georges Perec y en la novela autobiográfica Souvenirs d’enfance de Sofia Kovalevskaya.

Incluimos varios de estos recuerdos, algunos directamente relacionados con las grandes dotes matemáticas de Sofia Kovalevskaya, otros con la discriminación hacia las mujeres. Todos ellos han sido elegidos y traducidos del texto de Michèle Audin; añadimos además algunas notas explicativas.

Me acuerdo de la pequeña Sofia

Pero cuando nuestro estudio de la geometría llegó a la razón entre la circunferencia de un círculo y su diámetro […] mi alumna, explicando la materia durante la lección siguiente, me asombró llegando al mismo resultado de una manera completamente diferente usando su propio razonamiento.

Joseph Malevich, preceptor de Sofia Kovalevskaya, 1858.

Me acuerdo del pequeño gorrión antes de nuestra boda

Vladimir Kovalevski.

A pesar de sus dieciocho años, el  pequeño gorrión está muy bien educado, conoce todas las lenguas como la suya propia y, hasta ahora, estudia sobre todo matemáticas; ya ha llegado a la trigonometría esférica y las integrales, trabajando tan duro como una hormiga de la mañana a la noche, y al mismo tiempo es brillante, amable y muy hermosa. […] Creo que va a hacer de mi una persona decente, que voy a dejar mi trabajo de edición y ponerme a investigar, aunque no pueda ocultarse que su naturaleza es mil veces mejor, más inteligente y talentosa que la mía, sin hablar de su velocidad; dicen que en su casa en el campo trabaja doce horas del tirón y, tanto como puedo ver aquí, puede trabajar mucho más que yo.

Vladimir Kovalevski (1842-1883), en una carta a su hermano Alexandre, 1868.

Nota: Para poder ir a estudiar al extranjero, Sofia concertó un matrimonio ‘blanco’ con Vladimir Kovalevski, un joven biólogo nihilista, como ella. En octubre de 1869, Sofia, Aniouta (su hermana mayor) y Vladimir partieron hacia Heidelberg. Sofia estudió allí con Leo Königsberger (1837-1889) y Paul du Bois-Reymond (1831-1921).

Recuerdo a Mme. Kovalevski

Domingo, una pareja rusa interesante ha venido a visitarnos, el Sr. y la Sra. Kovalevski: ella, una hermosa criatura, con una voz encantadora y modesta, que estudia matemáticas (con permiso y gracias a la ayuda de [el físico Gustav] Kirchhoff) en Heidelberg; él amable e inteligente, estudiante aparentemente de ciencias concretas, en particular geología; dispuesto para ello a ir seis meses a Viena, ¡dejando a su esposa en Heidelberg!

George Eliot (1819-1880), en su diario, 5 octubre 1869.

George Eliot y Herbert Spencer.

Me acuerdo de mí misma durante una de mis visitas a George Eliot en Londres

Estaba ya en el salón desde hacía un rato, cuando un hombre mayor con patillas grises y cara típicamente inglesa entró. Esta vez nadie me dijo su nombre, pero George Eliot se giró hacia él “Estoy encantada de que esté Vd. aquí hoy, dijo, le puedo presentar a la refutación viva de su teoría, una mujer matemática. Permítame que le presente, amigo mío, continúo girándose hacia mí y sin pronunciar su nombre, solo debo advertirle que él niega la misma existencia de una mujer matemática. Bajo circunstancias excepcionales pueden aparecer, de vez en cuando, mujeres cuyas posibilidades mentales se elevan por encima del nivel medio de los hombres, pero él mantiene que tales mujeres dirigen siempre su intelecto y su fineza hacia el análisis de sus amigos y no fijan jamás su atención hacia una esfera de pura abstracción. ¡Intente hacerle cambiar de opinión”. […]

La conversación se centró en el perpetuo tema de los derechos y las capacidades de las mujeres, si sería peligroso o beneficioso para la especie humana en su conjunto el que un gran número de mujeres se dedicaran al estudio de las ciencias. […] Mi compañero emitió algunas observaciones medio irónicas que, lo comprendo ahora, estaban calculadas específicamente para hacerme elevar objeciones. Debo decir que en ese momento no tenía aún veinte años; los pocos años que me separaban de la infancia, los había pasado en un combate continuo, en casa, para defender mi derecho a dedicarme a mis estudios preferidos; no es por lo tanto extraño que haya sentido, en esa época, por la “cuestión femenina” el ardor entusiasta de una neófita y que toda mi timidez haya desaparecido en el momento de romper una lanza por esta justa causa. […]

Nuestro duelo duró tres buenos cuartos de hora, antes de que George Eliot decidiera interrumpirlo: “Ha defendido bien y valientemente nuestra causa común, me dijo ella finalmente sonriendo, y si no hemos hecho todavía cambiar de opinión a mi buen amigo Herbert Spencer es, lo temo, porque es incorregible”.

En aquel momento comprendí quien era mi adversario y se pueden imaginar como estaba de extrañada de mi valor.

Sofía Kovalevskaya, Souvenirs d’enfance, recordando una visita de 1886.

Nota: Herbert Spencer (1820-1903) fue un filósofo evolucionista, el padre espiritual de August Strindberg, del que hablaremos más adelante.

Me acuerdo de Sofia en Heidelberg

Sus capacidades excepcionales, su pasión por las matemáticas, su apariencia excepcionalmente seductora y su gran modestia le ganaban las simpatías de todos los que encontraba. Había en ella algo verdaderamente fascinante. Todos los profesores con los que ha estudiado estaban encantados de sus posibilidades; era muy trabajadora y podía sentarse ante una mesa para hacer cálculos matemáticos durante horas.

Julia Lermontova (1846-1919), 1869

Nota: Julia Lermontova fue una gran amiga de Sofia Kovalevskaya; se ocupó de su hija Fufa cuando la matemática falleció.

Julia Lermontova y Karl Weierstrass.

Qué bien si estuviéramos aquí…

Qué bien estaríamos aquí –tú con tu alma imaginativa, yo estimulado y renovado por tu entusiasmo soñando y contemplando todos los problemas que nos quedan por resolver, sobre los espacios finitos o infinitos, sobre la estabilidad del sistema solar, y los otros grandes problemas de las matemáticas y de la física del futuro

Karl Weierstrass (1815-1897), carta a Sofia desde la isla de Rügen, 1873

Nota: En 1870, Sofia partió hacia Berlín, donde Karl Weierstrass le dio clases particulares, ya que ella no podía asistir a sus clases en la universidad.

Me acuerdo de mi primer encuentro con Madame Kovalevski

Conocí a Sonja durante el periodo 1876-78. Al principio de febrero de 1876 cuando fui a Helsingfors pasé por San Petersburgo, y para satisfacer mi propia curiosidad, además de complacer un deseo formal de Weierstrass, fui a hacer una vista a la mujer de la que tanto se hablaba en el mundo científico. Sin pretender reconstituir de memoria las impresiones que sentí, reproduzco algunas palabras encontradas en una carta que envíe a [Carl Johan] Malmsten: “Lo que me ha interesado más vivamente en San Petersburgo ha sido el hecho de conocer a Madame Kovalevsky. Hoy (10 de febrero de 1876) he pasado varias horas en su casa. Como mujer, es deliciosa. […] Como científica se distingue por una claridad y una precisión en la expresión poco comunes, así como por una concepción singularmente rápida. Se percibe también fácilmente el grado de profundidad al que ha llevado sus estudios, y entiendo perfectamente que Weierstrass la mire como la mejor dotada de sus discípulos.

Gösta Mittag-Leffler (1846-1927)

Nota: En 1883, Sofia recibió una invitación de Gösta Mitag-Leffler –amigo y antiguo alumno de Weierstrass– para dar clases en la Universidad de Estocolmo (Suecia): ningún otro país europeo admitía a mujeres como docentes.

Gösta Mittag-Leffler y August Strindberg.

No quiero acordarme de esta monstruosidad

Invitar a una mujer rusa a Estocolmo era simplemente la expresión de una galantería anticuada –y no correspondía a las necesidades matemáticas de los ciudadanos de Estocolmo. En este momento, el mundo necesita mucho más madres capaces que profesores de matemáticas.

Una mujer profesora es un fenómeno pernicioso y desagradable –e incluso, puede decirse, una monstruosidad–. Los suecos le han invitado simplemente porque son personas tradicionalmente galantes hacia el sexo débil.

Cuando la universidad de Estocolmo ha dividido el salario del profesor de matemáticas para dar la mitad a una mujer, ha sido un crimen –contra la justicia–.

August  Strindberg (1849-1912), 1884 y 1886

Nota: August Strindberg fue un escritor y dramaturgo sueco.  De personalidad esquizofrénica, se sintió perseguido, entre otros, por el movimiento feminista, y se convirtió en un firme misógino.

Me acuerdo de esta investigadora matemática

Acabo de recibir la comunicación de una memoria de la Sra. De Kowalevski del que no tenía conocimiento a la hora de redactar este trabajo [se trata de la forma de los anillos de Saturno]. Aunque el problema tratado por la investigadora matemática no sea del todo el mismo que el problema del que me he ocupado, su análisis se acerca bastante al mío y no he añadido más que poco más a los resultados que se podrían deducir fácilmente de sus memoria.

Henri Poincaré (1854-1912), 1885

Henri Poincaré y Georg Brandes.

Me acuerdo de este ejemplo desconcertante de genio

De la Sra. Kovalesky sólo conocíamos hasta ahora en Escandinavia que la matemática de renombre, la profesora en la Universidad de Estocolmo y que recibió en París la consagración europea. Habíamos leído, sin dejarnos convencer, la colérica diatriba de Strindberg contra los hombres suficientemente locos como para conceder a una mujer una cátedra universitaria de tal orden. Todos los que han tenido el placer de conocerla la consideraban a la vez como el mismo tipo de cosmopolitismo ruso y por un ejemplo sorprendente de genio en materia de ciencias exactas, tan raro en una mujer.

En el libro que acaba de aparecer, conocemos las cualidades humanas de esta interesante persona. Evidentemente, la firma romanesca es tan solo un disfraz. Tania Rajevski, es la misma Sonia Kovalevsky y descubrimos aquí una autobiografía magistralmente escrita, dedicada exclusivamente a sus años de infancia en Rusia.

Georg Brandes (1842-1927), 1889

Nota: El filósofo y crítico literario Georg Brandes habla de Souvenirs d’enfance, novela autobiográfica de Sofia Kovalevskaya, que un relata las vivencias de su niñez en Rusia.

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A tenor de estos recuerdos, Sofia Kovalevskaya fue excepcional como científica y como mujer.  Os recomiendo leer el resto de recuerdos, o mejor aún, la biografía completa de esta matemática escrita por Michèle Audin.

Sobre la autora

Marta Macho Stadler es doctora en matemáticas, profesora del Departamento de Matemáticas de la UPV/EHU y colaboradora en ::ZTFNews y la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

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