Cristina Latasa, las cuatro letras de la vida

La capacidad de producir sorpresa de manera ininterrumpida es una de las características más bellas de la ciencia. Nos asombra continuamente con la complejidad de los seres vivos, los mecanismos que los hacen funcionar, la variedad de formas de vida y su capacidad de adaptación… Y así es precisamente como se siente Cristina Latasa: nunca deja de sorprenderse con su trabajo. “La ciencia siempre ha sido una parte fundamental de mi vida, desde que iba al colegio hasta hoy. A medida que pasan los años me doy cuenta de que lo que creo haber aprendido es una parte infinitamente pequeña de algo extraordinario, tan complejo y tan sencillo a la vez que se escribe con un lenguaje de tan sólo cuatro letras.” Y menudas cuatro letras. A, T, G y C, los nucleótidos que conforman nuestro genoma y hacen viable la vida. Nucleótidos que hemos aprendido a manejar a nuestro antojo y que ofrecen infinitas posibilidades para curar enfermedades, salvar especies en peligro de extinción o aumentar la productividad de los cultivos.

Cristina, natural de Pamplona (mi segunda casa y ciudad a la que tengo especial cariño) estudió biología en la Universidad de Navarra, como una servidora, aunque algunos años antes. Cuenta que cuando empezó la carrera llevaba una camiseta del Che Guevara y quería ser una zoóloga en el Amazonas. Me resulta curioso imaginármela por el Hexágono* de esa guisa, y es que yo ya conocí a Cristina en otra fase, sin camisetas de revolucionarios latinoamericanos ni ansiosa por descubrir una nueva especie de coleóptero tropical. Conforme iba absorbiendo conocimientos se percató de que había sido poco realista y descubrió su verdadera vocación. Le encantaban la genética, la microbiología, la fisiopatología… Iba a ser una bióloga de bata y no de bota. Finalmente, decidió terminar la universidad un año más tarde para completar la carrera de bioquímica y obtener la doble licenciatura.

Su primer contacto con las bacterias fue en unas prácticas que realizó en el Instituto de Salud Pública de Navarra. “Me gustaba muchísimo sembrar las bacterias, los medios, las pruebas de confirmación… Son seres increíbles, con una plasticidad genómica enorme y crecen con prácticamente cualquier tipo de nutriente.” Y añade, sonriendo, “Es probable que nosotros desaparezcamos de la tierra, pero ellas se quedan seguro”.

BapA, una proteína clave en la virulencia de Salmonella

Después de las prácticas le surgió la opotunidad de realizar la tesis con Iñigo Lasa en el Instituto de Agrobiotecnología (IdAB, centro mixto del CSIC, la Universidad Pública de Navarra y el Gobierno de Navarra). Lasa es el actual director de NAVARRABIOMED, un organismo puntero que fomenta la investigación sanitaria en Navarra. Fue varios años director del IdAB, es catedrático de la UPNa y tiene en su haber la dirección de unas cuantas de tesis y casi un centenar de publicaciones en revistas internacionales. “Durante la tesis Iñigo me transmitió su pasión por la microbiología y me enseñó a pensar como las bacterias y a manipularlas genéticamente para intentar descifrar los mecanismos moleculares implicados en su biología”.

Cristina Latasa (2012). Fotografía RedEmprendia.

Cristina desarrolló su doctorado en el grupo de Biofilms Microbianos del IdAB, y lo hizo sobre la bacteria causante de la salmonelosis. Durante esos años trabajó esporádicamente con microbiólogos como Paco García del Portillo, Carlos Gamazo, José R. Penadés o Jean Marc Ghigó, a los que califica de “excepcionales”. De su colaboración con el equipo de Ghigó del Instituto Pasteur surgió un artículo [1] que fue el eje central de su tesis. Este estudio demostró que la proteína de superficie BapA, de Salmonella enterica, funcionaba como un “anclaje” entre bacterias vecinas. Muchas bacterias forman biofilms, agregados bacterianos cubiertos por una matriz extracelular producida por ellas mismas que las aísla y las protege incluso de los antibióticos. En muchos casos, el hecho de impedir que una bacteria forme biofilms se traduce en una pérdida de su patogenicidad, por eso es tan importante conocer estos mecanismos y controlarlos. El trabajo de Latasa permitía estar más cerca de prevenir los numerosos problemas de salud causados por Salmonella. Su tesis recibió en 2010 un premio europeo [2]. “El artículo junto a los investigadores del Instituto Pasteur y el premio que nos dieron por la tesis que me dirigió Iñigo son para mí los pequeños grandes logros que guardo con más cariño en la memoria”.

La fundación de Recombina Biotech

Después de doctorarse continuó un tiempo en el IdAB trabajando con contratos asociados a proyectos de investigación. Dicha situación estaba destinada a no prolongarse mucho en el tiempo, ya que por aquel entonces la financiación de la investigación resultaba cada vez más complicada. Pero en el laboratorio tenían planes para ella. No podían dejar escapar el potencial que poseía Cristina. Iñigo Lasa llevaba tiempo pensando en darle una salida al conocimiento que habían ido adquiriendo en su laboratorio a lo largo de los años y le propuso liderar un nuevo proyecto empresarial. “Con el apoyo de Iñigo conseguí una beca para emprendedores. En 2013, varios investigadores del laboratorio, mi jefe y yo, creamos Recombina Biotech. En julio de 2014 nos mudamos a un local de tres plantas en las que tenemos oficinas y laboratorio” [3]. En Recombina fabrican bacterias “a la carta” (Salmonella, Staphylococcus) gracias a las cuales luego se pueden desarrollar vacunas, probióticos o nuevas biofactorías de compuestos recombinantes. Se enfocan en diseñar sus propias herramientas genéticas para manipular bacterias y así tener una propuesta de valor más sólida. Situada en Mutilva, a las afueras de Pamplona, la spin-off trabaja ya para grandes compañías veterinarias españolas y latinoamericanas y una compañía farmacéutica francesa, así como para varias universidades y centros de investigación españoles y estadounidenses. Poco a poco se está convirtiendo en una empresa de referencia en el panorama navarro y también a nivel nacional.

La importancia de transmitir el conocimiento

Cuando se le pregunta por la divulgación de la ciencia siempre destaca su relevancia. Considera que los científicos no se implican lo suficiente ni le dan el valor que merece. “Si hubiésemos sabido transmitir el potencial que tiene la biotecnología, por ejemplo, hoy no existiría semejante controversia sobre los organismos genéticamente modificados. En un mundo donde hay tanta información que genera desinformación es vital que los científicos tratemos de explicar mejor nuestros proyectos y nuestros objetivos. La gente tiene que saber que la biotecnología ha contribuido de forma determinante para mejorar su calidad de vida, que la insulina o la vacuna de la hepatitis B son de origen recombinante o que incluso el jabón que añaden a su lavadora tiene enzimas que son derivados biotecnológicos”.

Es un mundo de hombres

Cristina es consciente de que el género en ciencia importa. “Creo que pese a que hay grandes investigadoras, sigue habiendo pocas jefas de grupo y de centros”. Y está en lo cierto, no hay más que observar los datos que recoge cada año el CSIC. Opina también que la maternidad no resulta fácil de compaginar con el trabajo. Pero es una mujer optimista y siente que nuestra cultura se encuentra en un proceso de cambio y cada vez más mujeres están demostrando que pueden liderar grandes proyectos. Como suele ser habitual en los laboratorios ha trabajado con muchas mujeres y dice no haber sentido nunca que se le tratase de forma distinta por serlo. Y puntualiza: “No me importa trabajar con hombres o con mujeres, lo importante es ser un equipo. Es cierto que el mundo empresarial en el que estoy ahora es más masculino pero yo tengo exactamente los mismos problemas que un emprendedor hombre”.

Nunca tuve la oportunidad de trabajar codo con codo con Cristina pues nuestras líneas de investigación no tenían mucha relación. Violeta Zorraquino, investigadora de la UC Davis (California) desde hace unos cuantos años, fue compañera de Cristina en el IdAB y la describe como una mujer muy alegre y optimista. “Todo el mundo sabía cuando llegaba al laboratorio, se le oía reírse desde lejos. Nos conocía bien a todos y siempre te hacía algún comentario personalizado. Lo que más me gustaba de Latasa era su actitud luchadora, nunca la he visto rendirse. Los resultados de su proyecto fueron complicados de interpretar y creo que no he visto a nadie analizar tanto los datos para intentar llegar a una explicación. No paró hasta que todo tuvo sentido y ya obtuviera resultados buenos o malos nunca perdía las ganas de continuar ni la sonrisa”.

La sonrisa es lo que más recuerdo de esta mujer emprendedora durante los años que estuve en el IdAb, sin lugar a dudas. Y me alegra mucho saber que sigue intentando descifrar el mensaje que conforman esas cuatro letras, pues aún queda mucho por saber.

Nota

*Así es como se le llama de manera informal al edificio hexagonal de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra.

Referencias

[1] Latasa C., Roux A., Toledo-Arana A., Ghigo J.M., Gamazo C., Penadés J.R., Lasa I. (2005). BapA, a large secreted protein required for biofilm formation and host colonization of Salmonella enterica serovar Enteritidis. Mol. Microbiol. 58: 1322-1339

[2] Una tesis defendida en la UPNA, premiada por la red europea de investigación PathoGenoMics. Noticias Universia, 16 abril 2010

[3] Estíbaliz Urarte, Cristina Latasa: “Sin investigación básica un país no puede prosperar”, Eduscopi, 31 enero 2017

Sobre la autora

Estibaliz Urarte es doctora en biología y divulgadora. En 2014 creó El Jardín de Mendel, un vehículo para que la ciencia llegue a todos los públicos. Actualmente es alumna del Curso de Especialización en Comunicación Científica de la UVic, en Barcelona.

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