El síndrome de Yentl

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Es poco conocido el relato de Isaac Bashevis Singer “Yentl, el muchacho de Yeshiva” pero casi todos recordamos la película inspirada por él y protagonizada por Barbara Streisand. En ella, una joven que quiere estudiar se hace pasar por un hombre para conseguir acceder a esos estudios.

El síndrome de Yentl es el nombre que en 1991 Bernadine Patricia Healy,  primera mujer directora de los Institutos de Salud de Estados Unidos, dio al hecho de que la probabilidad de que una mujer no reciba tratamiento adecuado para una enfermedad o problema cardiovascular es mucho mayor que para un hombre porque tradicionalmente son enfermedades asociadas a los hombres.

Healy llegó a esta conclusión tras observar que en su propio centro médico a las mujeres se les diagnosticaban menos enfermedades cardiovasculares, ingresaban en el hospital con menor frecuencia, recibían menos intervenciones quirúrgicas y estaban poco representadas en los ensayos clínicos que testaban fármacos para estas enfermedades. ¿Por qué ocurre esto?

Todos tenemos este sesgo, cuando nos dicen que una mujer ha sufrido un infarto siempre nos sorprende. ¿Un infarto ella? En nuestra cabeza, y de manera inconsciente, asociamos los infartos y las enfermedades cardiovasculares a los hombres, aunque en la realidad los datos son muy distintos.

En 2013, en la Unión Europea, 1 868 375 personas murieron por una enfermedad cardiovascular. En España fueron 116 789 personas, un 30% de las muertes en España en ese año lo fueron por este tipo de dolencias. Con respecto a la diferenciación por género, estas enfermedades supusieron la causa de la muerte para un 26,7% de los hombres y un 33,6% entre las mujeres. Es decir, las enfermedades cardiovasculares causan más muertes entre las mujeres que entre los hombres. Esos son los datos.

Micrografía de un corazón con fibrosis (amarillo) y amiloidosis (marrón). Tinción de Movat.

Micrografía de un corazón con fibrosis (amarillo) y amiloidosis (marrón). Tinción de Movat (Fuente Wikipedia).

En un interesante artículo en la revista Aeon (ver 1.), Valeria Morabito analiza tres causas que, para ella, están en el origen de este problema:

En primer lugar, la investigadora de la Universidad de Bolonia nos remite a un estudio de Nanette Wenger, cardióloga de la Universidad de Emory en Atlanta, en el que señala que, incluso en las etapas más iniciales de los ensayos farmacológicos, se utilizan únicamente animales machos. Las conclusiones se trasladan a la población de hombres blancos que, por lo que parece, no resulta ser una muestra suficiente para cubrir las diferencias que, obviamente, existen entre los hombres y las mujeres tanto por sexo como por su situación hormonal. Es decir, las investigaciones científicas excluyen, con mucha frecuencia, el sexo como variable en los estudios.

Como segunda causa del problema, Morabito señala las diferencias no tanto sexuales y hormonales como de “género”. Aquí incluye las diferencias psicológicas, ambientales, sociales y los factores culturales. Es obvio que existen diferencias entre una chica y un chico de catorce años o una mujer de treinta y un hombre de esa misma edad. Todos estos factores influyen en la probabilidad de ser diagnosticado o tratado para una enfermedad. Sostiene Morabito que estos factores, muchas veces, no se tienen en cuenta.

Como tercera causa, en el artículo se señala el peligro que, para las mujeres, representa el que sus síntomas sean “atípicos”. Obviamente, no son atípicos, son los que son, los que deben ser, pero debido a los dos factores anteriores, al hecho de que los estudios médicos hasta hace muy poco se realizaban solo analizando hombres, los síntomas que no aparecen en hombres se consideran “atípicos”. Así, por ejemplo, todos estamos familiarizados y sabemos, que cuando a un hombre le da un infarto sus síntomas incluyen un agudo dolor de pecho que suele trasladarse al brazo. En las mujeres estos síntomas, sin embargo, no suelen aparecer y son sustituidos por cansancio, dolor de cuello o espalda y fatiga a la hora de respirar. Un dato interesante es que, de media, los hombres con esos síntomas tardan unas dieciséis horas en acudir a buscar tratamiento, mientras que en las mujeres el tiempo se amplía hasta las cincuenta y cuatro horas.

Confieso que jamás había pensado en este problema hasta que el pasado mes de marzo vi la charla de la médica de urgencias Alyson J. McGregor en este blog. Jamás me había parado a pensar en esto, en mi inconsciencia no sé si creía que los estudios tenían en cuenta a hombres y mujeres o que realmente las enfermedades, sus síntomas y sus tratamientos son iguales para todos.

Tras ver aquella charla y leer el artículo de Valeria Morabito suscribo su conclusión:

El sexo y la ceguera de género desafían los reclamos de neutralidad en medicina. Cuando imponemos automáticamente el sujeto blanco masculino a todos los sexos, géneros y grupos raciales, la objetividad desaparece. Bajo este sistema, el conocimiento es meramente parcial. Sólo reconociendo las zonas inexploradas podemos comenzar a construir un sistema médico más responsable y en el que confiar en los próximos años.

Reconozcamos que hay un problema, que no se está haciendo bien y empecemos a solucionarlo. Se trata de conseguir que las mujeres dejen de ser invisibles en el estudio de las enfermedades cardíacas, de acabar con el síndrome de Yentl.

Para saber más

  1. Valeria Morabito, Why women with heart disease get a raw deal in medicine, Aeon, 19 octubre 2016
  2. Julie Corliss, Understanding the heart attack gender gap, Harvard Heart Letter, 15 abril 2016
  3. Eurostats: Cardiovascular diseases statistics
  4. Bernadine Heal, The Yentl Sindrome, N. Engl. J. Med. 325 (1991) 274-276
  5. Mar Padilla, El Síndrome de Yentl, El País, 15 julio 2003

Sobre la autora

Ana Ribera (Molinos), historiadora con 16 años de experiencia en el mundo de la televisión. Autora de los blogs: Cosas que (me) pasan y Pisando Charcos.

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